Compendio del libro "La Cena del Cordero" por Scott Hahn (17). Recopilación por Carlos Cordova
Como judíos cristianos, reconoceríamos inmediatamente el Templo en la descripción del cielo que hace el Apocalipsis. En el Templo, como en el cielo de Juan, la menoráh (siete candeleros de oro, Apoc 1, 12) y el altar del incienso (8, 3-5) estaban delante del Santo de los santos. En el Templo, adornaban las paredes cuatro querubines tallados, como las cuatro criaturas vivientes sirven ante el trono en el cielo de Juan. Los veinticuatro “ancianos” (en griego, presbyteroi, de donde proviene en español “presbíteros”) de Apocalipsis 4, 4, eran una replica de las veinticuatro divisiones sacerdotales que oficiaban a lo largo del año en el Templo. El “mar transparente como el cristal” (Apoc 4, 6) era la gran piscina de bronce pulido del Templo, con capacidad para 50,000 litros de agua. En el centro del Templo del Apocalipsis, como en el Templo de Salomón, estaba el Arca de la Alianza (Apoc 11, 19). El Apocalipsis era una revelación del Templo, pero, para los judíos piadosos y los judíos convertidos al cristianismo, revelaba mucho más. Pues el Templo y su ornamentación apuntaban a realidades más altas. Al igual que Moisés (cf. Ex 25, 9), el rey David había recibido de Dios mismo el plan del Templo: “todo esto me ha llegado escrito por la mano del Señor, para hacerme comprender todos los detalles del modelo” (1Cro 28, 19). El Templo tenía que ser construido a imitación de corte celestial: “me mandaste edificar un Templo en tu santo monte y un altar en la ciudad de tu morada, a imitación de la tienda santa que preparaste al principio” (Sab 9, 8).